SANTIAGO

 

Demian Rodríguez

En el puerto de San Antonio, el joven Pedro Silva aprendió sin buscarlo la tradición del bolero. Alrededor suyo sonaban viejas grabaciones de Lucho Gatica, Ramón Aguilera y Lucho Barrios, y las incorporó a sus primeros gustos mezcladas con su descubrimiento de la poesía, el rock, la ranchera y el folclor de la zona. Trazó un plan a mediano plazo para incorporar también sus composiciones a esa tradición de cantores, aunque no tenía aún pistas sobre cómo ni junto a quién hacerlo. Tras un tiempo de vida en Rancagua junto a su familia —mantuvo allí por un tiempo la banda Samsara—, se mudó a Santiago diciendo que iba a estudiar cocina internacional. Pero la promesa no duró ni dos meses. Lo esperaba Valparaíso y su invitación a que, desde ahí, la música iba a ser para él oficio y cauce de creación. Viajó en 2009, se instaló en una pieza compartida, y convirtió desde entonces al puerto principal en su residencia estable. Su nombre artístico lo formó con el título de una novela de Herman Hesse y el apellido del más glorioso guerrillero chileno.

Su amistad con cantautores ya activos en la ciudad, como Chinoy y Kaskivano, le abrieron a Demian Rodríguez el circuito de bares y pubs en el que decidió mantenerse ocupado aunque aún no tuviese un disco que mostrar, y el formato de voz y guitarra fuese una vestimenta precaria para su idea de canción. «Fue difícil, pero venía con ganas de tocar, no me importaba si me escuchaban o no —recordaba en entrevista con Paniko.cl los años de lo que él llama «hambre artístico»—. Aparte que me enamoré de Valparaíso, de la arquitectura y de los amigos».

Alternaba en esas presentaciones de rutina un repertorio de composiciones propias y citas a antiguas glorias del canto del puerto, como “El bazar de los juguetes”, popularizada en esas mismas calles por Jorge Farías. Soñaba con formar una banda con la que darle forma a sus composiciones, pero sabía que serían años de espera hasta encontrarla. Lo que no imaginaba era el entusiasmo espontáneo que sus breves recitales de bar iban a despertar entre algunos. Admiradores suyos comenzaron a grabarlo en vivo, y luego hicieron circular discos caseros para que otros seguidores tuvieran un registro. Sabor a tierra, Antonia… «se grabaron sin que yo supiera».

De todos modos, esa emocionante discografía no oficial debía ser la preparación para el paso del músico a estudio. Vinieron entonces Santos inéditos (2012, con financiamiento de un Fondo de la Música y producción de Lautaro Rodríguez) y luego Demian Rodríguez (2016), que instalaron su nombre bajo la atención hacia una nueva corriente de cantautoría joven cómoda en el formato de banda y en la canción latinoamericana, vinculada no tanto a la trova ni el rock sino más al bolero y el vals peruano, los dos brazos musicales de aquella sensibilidad amplia que desde los años cincuenta se conoció en Chile como canción cebolla. Su segundo álbum fue crucial —quizás por eso, llevaba por título tan solo su nombre, como si fuese un debut—: al fin el cantautor tenía ahí la banda soñada, con el guitarrista Claudio Concha como director y coproductor, y un despliegue amplio de recursos para hacer lucir su poesía vibrante y su voz poderosa.

Fue, además, el disco que largó una serie de inesperadas buenas noticias de estímulo a su trayectoria, incluyendo una gira de presentaciones a Pekín, China, en abril de 2017; y luego el Premio Pulsar al mejor cantautor 2016. El nombre de Demian Rodríguez se impuso entonces entre el jurado especializado sobre el de consagrados, como Manuel García. El camino dejaba al fin de ser cuesta arriba y tomaba la forma de un cauce profesional.
«Hago todo por la música. Y me costó un kilo llegar a esto —iba a decir en esos días, entre una sucesión de elogios que al fin caían sin buscarlos— Se canta como se vive la vida, creo. Entonces para mí la vida es una canción; mi hija es una canción. Desde ese punto de vista, ¿cómo no voy a querer seguir insistiendo?».

Fecha: 08/12/2018

Lugar: Parque Araucano – Las Condes